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Jorge Salazar - Textos de Calidad

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La Desconocida

La falda se ceñía a las piernas y volvía a soltarse con cada paso. Caminaba delante de mí, sorteando las baldosas levantadas de la acera, y yo había reducido el paso para seguir mirando aquel movimiento cuando volvió la cabeza. Bajé los ojos. Durante unos metros solo vi mis zapatos, una colilla todavía encendida y el borde de su falda entrando y saliendo de mi campo de visión. Después me detuve ante un escaparate y esperé a que se alejara lo suficiente para levantar la cabeza sin que pudiera sorprenderme otra vez.

Al día siguiente la vi venir de frente. Reconocí primero la falda; después escuché los tacones entre las conversaciones de la calle. Tendría poco más de treinta años. Llevaba el pelo suelto, abundante, y una cicatriz corta en la mejilla. Nos miramos. Me pareció que sonreía y sentí que debía hacer algo con la boca, con las manos, con todo aquel cuerpo mío que de pronto estorbaba en mitad de la acera. Bajé la vista, volví a levantarla y todavía me estaba mirando. Esta vez fue ella quien apartó los ojos. Al cruzarnos me llegó su perfume; lo busqué en el aire unos pasos más allá, antes de volverme para verla alejarse.

Pasé todo el maldito día pensando en ella. Abría conversaciones en el teléfono y las cerraba sin contestar, ensayaba un saludo mientras esperaba el ascensor y, cuando me quedaba solo, llegaba a pronunciarlo en voz baja, buscando una naturalidad que desaparecía en cuanto imaginaba sus ojos pendientes de mí. Por la noche se lo conté a Boris. Me escuchó con los antebrazos apoyados en la mesa, haciendo girar la base de su vaso sobre un cerco de agua.

—Vamos, Mike. Tú hablas con cualquiera. ¿Qué tiene esta mujer?

Boris hablaba un español preciso, con una erre que se le endurecía después de la segunda cerveza. Intenté describírsela: el pelo, la boca, aquella manera de sostenerme la mirada. Al mencionar la cicatriz me toqué la mejilla, aunque no estaba seguro de recordar de qué lado la tenía.

—Creo que me he enamorado.

Boris dejó el vaso.

—¿Enamorado? Pero si ni siquiera has hablado con ella.

Me encogí de hombros. Él esperó a que dijera algo más; yo bebí lo que quedaba de la pinta, ya tibia, y busqué la cartera. Mientras nos despedíamos pensé que al día siguiente podría contarle cómo se llamaba.

Pasé por la misma calle a la misma hora. Había preparado una frase sencilla, una pregunta sobre un café de la esquina al que nunca había entrado. Bajé despacio y, al llegar al cruce, me detuve para dejar pasar dos coches. Después desanduve la calle. Miraba las puertas que se abrían, las mujeres que salían de las tiendas, el pequeño grupo detenido ante el semáforo. Di otra vuelta. Cuando saqué el teléfono había pasado casi una hora, y seguí allí unos minutos más, por si ella también se había retrasado.

—¿Enamorado? Pero si ni siquiera has hablado con ella.

Los días siguientes encontré motivos para volver. Compré pan en una tienda que me quedaba lejos, fui a buscar tabaco cuando aún tenía y llegué a sentarme junto a la ventana del café. Desde allí vigilaba las dos aceras mientras la espuma se deshacía en la taza. A Boris le dije que no había vuelto a verla. No le conté que empezaba a reconocer a quienes pasaban a aquella hora, ni que una tarde había seguido durante media calle a una mujer con el pelo parecido antes de verle la cara.

Hasta ayer. Venía por la acera de enfrente y crucé antes de que cambiara el semáforo. Esta vez llevaba pantalones, el pelo recogido y una bolsa cuya asa se acomodó sobre el hombro al verme acercar. Nos miramos un momento. Sonreí, o intenté hacerlo; ella bajó los ojos y yo me quedé pendiente de que volviera a levantarlos. Tenía el saludo preparado, sabía dónde invitarla, había imaginado incluso cómo caminaríamos juntos hasta la esquina. Cuando estuvo a mi altura giré un poco el cuerpo y abrí la boca, pero la dejé pasar. Todavía podía llamarla, acercarme, pronunciar aquel saludo que a solas me salía tan bien. En el cruce se apartó para dejar pasar un coche y después siguió andando. Yo permanecí allí hasta que desapareció, con la boca seca y una pregunta que nunca le podría hacer a Boris: cómo podía dolerme tanto una frase atascada en la profundidad del pecho.

Jorge Salazar

Jorge Salazar

Escritor, periodista y redactor digital.

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