El Piloto
«En la Bogotá del 2031 vive un joven titubeante, pero seguro, que, en busca de mejorar sus perspectivas laborales, decide desafiar los anillos de seguridad de la metrópoli.»
Bogotá, 2031.
Un viejo albañil, desplazado por la guerra, bajaba borracho por la pendiente de un barrio del sur. Los vecinos lo miraban desde las puertas, algunos conteniendo la risa, otros pendientes del pie que arrastraba entre las grietas del pavimento. Una mujer le advirtió que tuviera cuidado en la esquina; él levantó la mano sin volverse, como si acabaran de despedirlo de una fiesta, y continuó entre las motocicletas estacionadas y los charcos de agua jabonosa. Frente a la tienda todavía había gente tomando cerveza. El barrio llevaba años sin un tiroteo.
En la pantalla de la mira digital, el albañil ocultó por un instante al hombre sentado detrás de una mesa de plástico. El piloto apartó un dedo del mando y esperó. Operaba desde una azotea cercana, arrodillado junto a un tanque de agua, con el soporte sujeto a los hombros y un cable que le rozaba el cuello. Cuando recuperó la visión del objetivo, amplió el encuadre: las trenzas coincidían con las fotografías, y también la cicatriz que le interrumpía una ceja. El hombre sostenía una botella y observaba la calle con una quietud que al piloto le pareció deliberada.
—El 0074 está a tiro, centinela. A su orden, disparo.
La voz llegó al interior de un Jeep estacionado varias calles más arriba. El centinela observó la transmisión y tragó saliva. Siete metros por encima de la calle, oculto desde la tienda por una cubierta, el dron mantenía la posición con una ametralladora ligera de fabricación ucraniana bajo el fuselaje. Habían tardado semanas en identificar al 0074. Activista, mediador barrial, contactos con grupos disidentes: el centinela recordaba las líneas del informe mientras el hombre se llevaba la botella a la boca.
—El 0074 está a tiro, centinela. A su orden, disparo.
—Adelante.
El piloto corrigió el ángulo y disparó. El cuerpo golpeó la mesa, hizo ceder una pata y resbaló hasta la acera, mientras la botella rodaba entre los pies de quienes seguían sentados. Durante un instante nadie pareció entender qué debía hacer. Después una mujer tiró de la camiseta de su acompañante, alguien derribó una silla y el griterío se extendió hacia las casas, cuyas puertas comenzaron a cerrarse antes de que todos consiguieran entrar. Más abajo, el albañil miraba hacia la esquina con una mano apoyada en la pared.
El protocolo exigía registrar la muerte y retirar el aparato sin revelar desde dónde lo controlaban. El piloto mantuvo la cámara sobre el cuerpo. Una mujer negra, mayor que el caído, se agachó junto a él; alguien la sujetó del brazo, pero ella se soltó y volvió a inclinarse. Le había puesto una mano en el hombro y con la otra parecía buscar algo bajo su cabeza. El piloto observó sus dedos, esperando que salieran del encuadre para comprobar que el hombre no se movía. El centinela tardó unos segundos en confirmar. Solo entonces desvió el dron y levantó los ojos de la mira: el llanto de aquella mujer llegaba también hasta la azotea. Por un momento le recordó al de su madre.
Recogió el aparato y comenzó a desmontarlo. Una hélice se resistía; tuvo que empujarla con el pulgar mientras pedían una ambulancia. Pensó que sería un trabajo ideal si pudiera hacerlo desde una oficina, con aire acondicionado y compañeros que le preguntaran qué iba a almorzar al terminar la operación. Allí las consecuencias seguían ocurriendo fuera de la pantalla, demasiado cerca. Guardó los guantes, la tableta y el soporte, se echó la mochila a la espalda y corrió hacia el muro contiguo. Abajo, alguien gritaba el nombre del muerto, pero no consiguió distinguirlo.
«Por un momento le recordó al de su madre»
Saltó entre azoteas, con el equipo golpeándole los riñones y la respiración entrecortada. En una terraza se abrió paso entre sábanas húmedas; salió con la cara mojada, alcanzó el andamio de una obra y bajó hasta el Jeep. El centinela lo esperaba vuelto hacia la puerta trasera. Era un setentón rubio, de ojos pequeños y brillantes, con manchas oscuras en las manos que descansaban sobre una carpeta. Apartó las rodillas para dejar pasar la mochila y le dio una palmada en el hombro mientras el joven intentaba recuperar el aliento.
—Aquí lo tenemos. El mejor tirador de drones de la compañía.
El vehículo comenzó a subir hacia los cerros. El piloto apoyó las manos en los muslos para contener el temblor, mientras el centinela abría la carpeta. Reconoció una fotografía de estudiante, la misma que su madre conservaba junto al televisor, y recordó la camisa prestada, la insistencia en que se peinara de otro modo. El viejo enderezó el gancho que sujetaba las hojas y acercó la primera a la luz del techo. Al otro lado de la ventanilla, los comercios fueron dando paso a muros y ramas mojadas.
—Su expediente es curioso. Buen estudiante, excelente en matemáticas, promesa deportiva… Y luego, encargado de un McDonald’s durante cuatro años.
Dejó que el silencio se prolongara, como si aquella parte de su vida necesitara una explicación, y pasó la página. Le habló de escuelas de élite, de operadores que se formaban en Estados Unidos e Israel, de las condiciones que tenía para llegar lejos. El piloto se concentró en el esfuerzo del motor. Recordaba los turnos dobles en el restaurante, el olor que se llevaba en la ropa y las veces que había salido a recibir una llamada con la esperanza de que por fin lo buscaran para algo mejor. Le habría gustado escuchar esas ofertas unos meses antes, cuando todavía podía decir que no sabía bien en qué consistía el trabajo. Ahora miraba el dedo que avanzaba sobre su expediente, buscando dónde detenerse.
—Dese el placer de imaginárselo. Es lo que usted se merece. No sea que su madre termine enterándose de lo que hace con sus amigos.
El piloto volvió la cabeza. El centinela sacó un teléfono y le mostró una grabación: una fiesta, vasos amontonados, su propia cara demasiado cerca de la cámara. Después se vio inclinado sobre una raya de cocaína, mientras alguien le sujetaba el hombro. «Hay que trabar la borrachera», decía entre las risas de sus amigos. Cuando terminó el video, el viejo mantuvo la pantalla entre los dos, esperando una reacción que el piloto procuró contener.
—Ay, pobre madre… La conocemos bien, ¿sabe? Una mujer religiosa, preocupada por usted. Sería una lástima que viera esto. ¿Quiere que lo evitemos?
Su madre lo llamaba los domingos para preguntarle si comía bien y si el trabajo le permitía dormir. La primera vez que recibió dinero había insistido en saber de dónde salía tanto; él le habló de mantenimiento de equipos para una subcontrata americana que pagaba en dólares. Desde entonces inventaba compañeros, horarios y pequeños inconvenientes que hicieran creíble aquel empleo. Ella recordaba los nombres y preguntaba después por el que se había enfermado o por el jefe que no autorizaba las vacaciones. Bastaría una llamada del centinela para deshacerlo todo. El piloto bajó la mirada y encontró las botas militares del viejo, sucias de tierra bajo la carpeta abierta.
Había sospechado desde el comienzo que trabajaban con el Ejército. Se mencionaban oficiales, pero los pagos procedían de una sociedad privada y él no preguntaba qué había detrás de sus siglas. Mirando aquellas botas recordó a los soldados entrando en el pueblo, los hombres sacados de las casas y la voz de su padre, que todavía años después le rogaba que no se metiera en la guerra. En la azotea las órdenes llegaban por un auricular y el hombre al otro lado de la mira era un número que debía coincidir con unas fotografías. Allí, junto al viejo, volvió a recordar el suelo de su casa manchado por botas que nadie había invitado a entrar. Sintió vergüenza del dinero enviado a su madre, de las preguntas que había aprendido a evitar, de estar allí sentado después de haber dejado a otro hombre en la acera.
—No trabajaré más con ustedes.
El centinela lo miró y después hizo una señal al conductor. El Jeep se detuvo en un ensanche de la carretera, entre árboles que ocultaban cualquier luz. El piloto se volvió hacia la ventanilla, intentando reconocer algo más allá de los faros.
—Siendo así, bájese de la camioneta.
—¿Aquí?
—Una caminata larga siempre aclara las ideas, créame.
Dejó la mochila en el asiento y tuvo que inclinarse para soltar una correa enredada en el tobillo. Bajo la mirada paciente del centinela, aquella dificultad resultaba más humillante que la orden. Cerró de un golpe y esperó a que arrancaran para insultarlo, primero entre dientes y después a gritos, siguiendo las luces hasta que desaparecieron. Acabó de rodillas junto a la cuneta, con las manos hundidas en la hierba. Se quedó escuchando el motor, incluso cuando ya no estaba seguro de oírlo. Si daban la vuelta, pensó, tendría que levantarse antes de que los faros lo encontraran así; sin embargo, siguió esperando hasta que el frío le atravesó el pantalón y lo obligó a buscar las luces de Bogotá entre las ramas.
—Una caminata larga siempre aclara las ideas, créame.
Caminó durante horas antes de encontrar un taxi. El conductor lo examinó y le preguntó si lo habían atracado; dijo que sí y apoyó la cabeza contra la ventanilla. Al dormirse volvió a ver la mesa cediendo, aquella mujer entrando en la imagen mientras él esperaba la confirmación. Al día siguiente hizo cuentas: tres mil dólares al mes menos. Pasó varios días encerrado, fumando y revisando la cuenta donde aún faltaba el último pago, hasta que buscó el nombre de la sociedad que figuraba en las transferencias.
Encontró una página corporativa, fotografías de aparatos desconocidos y una convocatoria para operadores especializados. Había una dirección al norte de Bogotá. Tomó un autobús imaginando ascensores silenciosos, oficinas alfombradas, empleados sonrientes. Durante el trayecto ensayó lo que diría si lo recibían. Empezaba reclamando el pago y terminaba exigiendo una explicación, aunque al imaginar la respuesta del centinela volvía a las frases más corteses. Llevaba apuntado el importe en un papel, pero la dirección lo dejó frente a una verja militar. Comprobó el número y regresó a la garita: la empresa estaba dentro del batallón. Al acercarse al soldado dobló el papel y se lo guardó, como si aquello pudiera revelar a qué venía antes de que hablara. Entregó su documento y esperó mientras el soldado hacía una llamada. Después de la requisa, un policía militar joven lo acompañó por un patio donde unos hombres jugaban con una pelota.
El muchacho dijo que no conocía la compañía y sonrió con una timidez que el piloto agradeció. Al cruzar una puerta de cristal lo recibió el perfume de la secretaria. Explicó que venía a cobrar un trabajo y ella buscó su nombre en el computador, manteniendo un dedo sobre la cédula. Dejó de sonreír y tomó el teléfono. El piloto esperaba oyendo los golpes de la pelota cuando apareció el centinela con una camisa clara. Al verlo, meneó la cabeza.
—Este asunto es mío.
Recogió la cédula y echó a andar; el piloto lo siguió hasta una sala de juntas con una mesa larga, una jarra de agua y vasos apilados. El aire acondicionado zumbaba sobre sus cabezas. El centinela dejó el documento sobre la mesa y, sin sentarse, le comunicó que el miércoles recibiría el dinero. Quedaba liberado de sus obligaciones. No tenía que firmar nada.
—Quiero que me desvinculen completamente.
—Acabo de decírselo. Quiéralo o no, usted es el autor material de una ejecución extrajudicial. ¿Comprende cómo se le puede torcer la vida si confiesa algo?
—¡Serán ustedes los que paguen! ¡No soy el responsable de todos los muertos que tengo encima por seguir sus órdenes!
El viejo soltó un bufido. «No sea ingenuo», dijo, y salió. El piloto permaneció mirando sus manos sobre la mesa. Había ido a pedir una firma, algo que pudiera mostrar si llamaban a su puerta, aunque no sabía qué tendría que decir ese papel para librarlo de lo que recordaba. Acercó la jarra y llenó un vaso. Al beber notó cuánto le temblaban todavía las manos y lo dejó antes de vaciarlo, molesto ante la posibilidad de que el viejo regresara y lo viera. El mismo soldado lo acompañó a la salida e hizo un comentario sobre el frío de las oficinas. Esta vez no respondió. En casa abrió el buscador: tenía que haber otros que hubieran devuelto el equipo y recibido la misma advertencia.
Encontró cuentas suspendidas y conversaciones abandonadas donde se mencionaban los guantes, el soporte de hombros, fallos que reconocía. Siguió esas referencias durante días, hasta que un usuario le preguntó cómo resolvían un problema del equipo. Contestó y recibió otra pregunta, sobre las órdenes anteriores a una operación. La invitación al foro llegó al día siguiente. Había apenas treinta usuarios, ocultos bajo alias extravagantes, y normas que prohibían compartir datos personales. Eligió el nombre de Abrecartas y pasó semanas leyendo sobre pagos retenidos, amenazas y contratos que nadie conservaba completos.
Comenzó opinando sobre aspectos técnicos. Pronto discutía con los habituales y respondía a los recién llegados, satisfecho de que lo consultaran. Le gustaba encontrar una pregunta dirigida a Abrecartas cuando encendía el computador. A veces preparaba una respuesta durante la cena y regresaba a la pantalla antes de recoger el plato. Cuando contó su experiencia omitió el video: habían amenazado a su familia y él había abandonado el programa. Una usuaria preguntó cuántas operaciones había realizado. Cerró el portátil de golpe, convencido de que pretendía contar las bajas como trofeos; sin embargo, al día siguiente acabó dando una cifra. Nadie le hizo reproches. Un hombre respondió que llevaba meses sin dormir y contó una ejecución en la que el objetivo había salido con un niño de la mano.
El piloto leyó hasta el final, apartándose varias veces de la pantalla. Le irritaba que todo terminara en aquellos relatos, que volvieran siempre a lo mismo sin decidir qué hacer. Hubo noches en que estuvo a punto de decírselo, pero acababa borrando el mensaje: él también entraba para comprobar que seguían allí. Un mes después, el moderador anunció investigaciones de la Fiscalía y compartió la fotografía incompleta de un documento. Los mandos negarían los vínculos, desaparecerían las empresas y en los expedientes quedarían los nombres de quienes habían disparado. Propuso reunirse para revisar las pruebas. Algunos querían acudir a periodistas; otros desconfiaban de un encuentro del que no podrían retirarse cerrando una sesión.
Un mes después, el moderador anunció investigaciones de la Fiscalía y compartió la fotografía incompleta de un documento.
El moderador se negó a subir los documentos a un servidor que ninguno controlaba. Tras dos días de discusión envió las indicaciones: un lugar en el bosque, cerca de La Calera, sin teléfonos y con el rostro cubierto. El piloto las leyó varias veces. Aquellas precauciones podían ser una razón para ir o para quedarse en casa. La tarde señalada guardó el teléfono apagado en el bolsillo interior de la chaqueta y llevó una pistola que conservaba desde antes de trabajar para la empresa.
Era una noche húmeda de abril. Las ramas descargaban agua sobre los hombros y el sendero terminaba en una explanada junto a un cañón cuyo fondo desaparecía entre las copas negras. El piloto fue el quinto en llegar. Saludó con una inclinación de cabeza y observó los pasamontañas, las bufandas, una mujer que escondía las manos en las mangas. Al principio hablaron del camino. Después alguien dijo su alias, otro rio al reconocerlo y comenzaron a acercarse. Un usuario que discutía con violencia hablaba casi en un susurro; otro, siempre escueto, no dejaba de preguntar. El piloto intentaba reconocer a quienes le habían escrito y se sorprendió calculando sus edades, fijándose en unos zapatos gastados o en la voz de una mujer que parecía mucho más joven que él.
Dos hombres que se habían insultado acabaron dándose la mano. El piloto empezaba a sentirse a gusto cuando llegó el moderador, el último, cargando dos mochilas. Eran diez antiguos operadores y él. Dejó las bolsas cerca del risco y colocó una lámpara en el suelo. Su voz despertó una familiaridad imprecisa, amortiguada por la tela que le cubría la boca. El piloto intentó recordar si había escuchado algún mensaje suyo mientras los demás se aproximaban a la luz; él quedó en un extremo, junto a las raíces de un árbol.
«Su voz despertó una familiaridad imprecisa, amortiguada por la tela que le cubría la boca»
El moderador abrió una mochila, apartó un portátil y se inclinó sobre la otra. Una mujer preguntó por los documentos. Contestó que los verían enseguida y continuó buscando algo que parecía haberse atascado en la bolsa.
—Muchachos, ustedes son muy buenos. Merecen que su última noche sea hermosa.
El piloto reconoció la voz cuando salía el fusil. Se lanzó hacia el árbol, con la boca llena de tierra, mientras la ráfaga derribaba a quienes estaban junto a la lámpara. Oyó una carrera que terminó de golpe y balas arrancando astillas del tronco. Cuando cesaron los disparos, alguien seguía respirando con dificultad. El asesino sacó una pistola y empezó a caminar entre los cuerpos; ahora cada tiro llegaba separado por unos pasos, una pausa, una voz que intentaba decir algo. El piloto esperaba que cada uno fuera el último.
Aflojó el peso sobre el codo y sacó su pistola. El hombre había vuelto hacia las mochilas y se detenía junto a un caído, cerca del borde. El piloto disparó tres veces. La espalda se arqueó, un pie buscó apoyo donde terminaba la tierra y un brazo se extendió hacia las ramas antes de desaparecer por el risco. El grito descendió entre los árboles. Permaneció apuntando al vacío hasta que pudo incorporarse y llamar a los demás por los alias que recordaba.
Se arrodilló junto a la mujer de la capucha, le tocó el cuello y pasó a otro cuerpo. La lámpara seguía encendida, iluminando zapatos embarrados, manos abiertas y una máscara desplazada que dejaba ver la boca de un hombre al que no habría reconocido sin ella. Nadie respondió. En la mochila encontró una cartera y el documento que confirmaba su sospecha: teniente coronel Jaime Alfredo Bustos Márquez. El centinela. Abrió el portátil, cuya sesión seguía iniciada; allí estaba el foro y, detrás, una ventana con carpetas numeradas.
«En la mochila encontró una cartera y el documento que confirmaba su sospecha»
Encontró su alias. El expediente contenía la fotografía de estudiante, pagos y operaciones, observaciones sobre su madre y fragmentos de conversaciones que había creído privadas. Su negativa a continuar trabajando ocupaba una línea. Reconoció una frase escrita de madrugada, después de leer durante horas los testimonios del foro. Recordaba haber dudado antes de enviarla y el alivio cuando alguien le respondió. Ahora estaba copiada en el expediente, debajo del domicilio de su madre. Los demás archivos repetían la disposición: domicilios, familiares, reclamaciones, debilidades anotadas en frases breves. Una lista señalaba a los asistentes y a dos que no habían acudido. Junto a su nombre decía que llegaría por sus propios medios. Leyó después el último mensaje del moderador, las instrucciones para ir al bosque, aunque se las sabía de memoria.
Fotografió la pantalla y la identificación, sujetándose la muñeca para que no salieran movidas. Después conectó el teléfono y copió los archivos, mirando hacia el sendero mientras avanzaba la transferencia. Pensó en llevarse el portátil, pero no sabía qué protección tendría ni quién esperaba una señal suya. Lo dejó en la mochila y descendió tropezando con raíces. Había pasado semanas leyendo a aquellos hombres y mujeres; cuando le preguntaran quiénes eran tendría que buscar sus nombres en los expedientes del centinela.
Pensó en salir de Bogotá, en decirle a su madre que no abriera la puerta. Si el viejo conservaba sus direcciones y conversaciones, alguien más debía de tenerlas. Al alcanzar la carretera buscó el nombre de un periodista y lo llamó desde el autobús que bajaba hacia la ciudad. Horas después se encontraron en un bar. El piloto quiso empezar por el bosque, pero tuvo que retroceder, explicar el contrato, el equipo, las órdenes. Cuando intentaba pasar de una operación a otra, el periodista lo hacía volver.
—¿Era usted quien disparaba?
Miró el teléfono que los grababa y respondió que sí. Al otro lado de la mesa el periodista había dejado de escribir. El piloto esperó otra pregunta, pero el hombre solo comprobó que la grabación continuaba. Entonces intentó explicar cómo recibía las fotografías y cuánto tardaban en autorizar un disparo; se oyó utilizando las mismas palabras que el centinela y volvió a mirar el vaso, donde ya se había derretido el hielo. Hablaron durante horas. Entregó los archivos y esperó mientras el periodista comprobaba que podía abrirlos.
«Pensó en salir de Bogotá, en decirle a su madre que no abriera la puerta. Si el viejo conservaba sus direcciones y conversaciones, alguien más debía de tenerlas»
El bar se llenó de gente que venía a almorzar; tuvieron que acercar las sillas y el piloto se interrumpía cuando pasaban junto a ellos. Sobre una mesa cercana sirvieron dos platos y una mujer llamó a su hijo para que dejara de jugar con el salero. El piloto siguió aquella mano unos segundos antes de recordar la pregunta que acababan de hacerle. Antes de despedirse, el hombre preguntó quién más tenía una copia. Nadie. Le pidió permiso para fotografiarlo y prometió llamar en cuanto contrastara las primeras informaciones. Podría desatarse un escándalo. Fue lo que pensaron.
Tres días después, Nixon Javier Niño Morales, conocido por su empleador como el piloto, fue velado a dos calles de la casa de su madre. Lo habían matado al anochecer, de un disparo por la espalda. Conservaba el teléfono y la billetera. En el barrio nadie había visto nada; algunos decían que era un muchacho tranquilo, que no se metía con nadie. Josefina escuchaba junto al ataúd, con el bolso sobre las rodillas, y agradecía los vasos de agua que después dejaba intactos debajo de la silla.
La noche anterior Nixon había enviado varios archivos a su mejor amigo. Estaba borracho, pero esperó a que confirmara que podía abrirlos antes de escribir «Por si me pasa algo». Después destrozó el disco duro con un taladro y dejó una carta para su madre. Le contó de dónde salía el dinero y lo ocurrido en el bosque. Había tachaduras, frases entre renglones y una letra cada vez más pequeña. Josefina la leyó antes del entierro. Reconocía la forma de las letras, la inclinación de los renglones cuando se acercaban al borde, pero tuvo que volver varias veces al comienzo para entender lo que estaba leyendo. Cuando hablaron de un atraco no dijo nada; llevaba las hojas dobladas junto a los documentos de la funeraria.
«Le contó de dónde salía el dinero y lo ocurrido en el bosque. Había tachaduras, frases entre renglones y una letra cada vez más pequeña.»
El testimonio terminó en una organización de derechos humanos. Durante años circularía la versión de una matanza ritual: las máscaras, el bosque, la disposición de los cuerpos. Josefina entregó una copia de la carta, con las páginas numeradas para que ninguna se perdiera, y conservó el original junto al rosario. A veces lo sacaba por la noche. Había pasajes que ya conocía de memoria, pero volvía a leerlos buscando algo que se le hubiera escapado, una palabra que cambiara lo que su hijo había querido decir.
Nixon había sido bueno con ella. Lo recordaba llegando después de un turno para acompañarla a una consulta, esperándola sin quejarse aunque perdieran la mañana, llamando los domingos para saber si necesitaba algo. No podía aceptar que aquella bondad hubiera sido fingida. Tampoco podía apartar la frase donde contaba que había disparado. La misma mano que le acercaba un vaso de agua había sostenido los mandos; mientras él esperaba la confirmación, una mujer se arrodillaba junto al muerto. Josefina cerraba los ojos y seguía viendo las dos cosas.
Había dado gracias a Dios por aquel empleo. Se acordaba de haber mencionado a Nixon en sus oraciones, de pedir que le fuera bien, que lo cuidaran, que sus jefes supieran apreciarlo. Ahora hacía cuentas con las fechas de los giros y las operaciones que él describía. La comida comprada con ese dinero ya estaba comida; no encontraba a quién devolverla. Se decía que no había sabido nada, y era cierto, pero la certeza no le bastaba para seguir pasando las cuentas del rosario.
Una noche dejó la carta abierta y se arrodilló junto a la cama. Quería pedir por su alma, como había hecho desde el entierro, pero al pronunciar su nombre empezó a explicarle a Dios cómo había sido de niño, cuánto había trabajado, lo que les hicieron cuando tuvieron que abandonar el pueblo. Se oyó hablando en voz baja, buscando razones para que no lo condenara. Entonces calló. Había pedido a Dios que no dejara ningún asesinato sin castigo.
Apretó el crucifijo entre las manos y, por primera vez, tuvo miedo de que hubiera escuchado sus oraciones.
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