Lennon
«¿Sabes cuando olvidas algo por completo y luego lo recuerdas; pero es un recuerdo tan malo que tu mente ha optado por olvidarlo? Eso me pasa a mí.»
Antonio llegó diez minutos tarde a la tercera consulta. Su mujer le había recomendado aquel psicólogo, un antiguo conocido del barrio donde había crecido, y él seguía sin comprender qué encontraba en ese soplapollas de pantalones pitillo, siempre dispuesto a escucharlo con las manos juntas y un «entiendo» preparado. Se había puesto la primera camiseta que encontró; al sentarse tuvo que separársela del vientre, tirando de la tela con dos dedos. Manuel esperó a que se acomodara y dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.
Antonio llegó diez minutos tarde a la tercera consulta. Su mujer le había recomendado aquel psicólogo, un antiguo conocido del barrio donde había crecido, y él seguía sin comprender qué encontraba en ese soplapollas de pantalones pitillo, siempre dispuesto a escucharlo con las manos juntas y un «entiendo» preparado. Se había puesto la primera camiseta que encontró; al sentarse tuvo que separársela del vientre, tirando de la tela con dos dedos. Manuel esperó a que se acomodara y dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.
—Laura me ha dicho que llevas unos días preocupado. ¿Qué ha pasado?
—¿Sabes cuando recuerdas algo y no entiendes cómo has podido olvidarlo? No hablo de dónde pusiste las llaves. Hablo de algo que has hecho tú.
Manuel retiró la mano del cuaderno.
—¿Qué has recordado?
Antonio se frotó una rodilla. Había ensayado la conversación mientras conducía, incluso había encontrado una manera de contarla sin detenerse demasiado en ciertos detalles, pero ahora no sabía por dónde empezar.
—Estábamos buscando casa. Laura quería mirar por su antiguo barrio, el de los chalets. Le dije que ni vendiendo nuestros riñones, pero ella insistió en que había viviendas abandonadas que quizá pudiéramos comprar y arreglar. Ya sabes cómo se pone cuando se le mete algo en la cabeza.
Manuel no respondió a la invitación a sonreír.
—Hacía años que no iba por allí —continuó Antonio—. Dejamos el coche cerca de la entrada y, en cuanto empezamos a bajar, pensé en una casa quemada. Todavía no la había visto. Tenía en la cabeza una ventana sin cristales, el humo pegado a la pared de arriba y una persiana derretida. Era una imagen muy clara, pero de día. Nosotros habíamos llegado casi de noche.
Laura caminaba unos pasos por delante, señalando carteles de venta y jardines donde la hierba ocultaba los caminos. Antonio intentaba escucharla mientras buscaba entre las fachadas aquella ventana. La encontró al doblar una curva: detrás de una verja torcida, una mancha negra ascendía desde el hueco hasta el alero. La persiana seguía allí, vencida sobre un costado.
—Me quedé mirando. Laura volvió para preguntarme qué pasaba y le dije que nada, que estaba viendo si se podía rehabilitar. Una estupidez: no habíamos ido a comprar una ruina. Ella empezó a hablarme del terreno, de lo que costaría tirar la casa, y yo solo pensaba en cómo podía haberla recordado antes de verla.
—¿Le dijiste que la reconocías?
—No.
—¿Por qué?
Antonio apretó los labios.
—Porque todavía no sabía de qué.
Siguieron por la calle que rodeaba la urbanización. Laura dejó de señalar casas y caminó a su lado, esperando alguna respuesta a lo último que había dicho. Él recordaba sus zapatos sobre la acera, el ruido de un aspersor detrás de un muro, las veces que estuvo a punto de preguntarle si conocía la historia del incendio. Al levantar la vista vio las dos torres de una mansión sobresaliendo entre los árboles.
—Ahí me acordé de haber estado dentro. En una habitación con las cortinas cerradas, bebiendo con gente que no conocía. Había mujeres, drogas, música por todas partes. Luego me vi saliendo a un balcón. Abajo habían montado un escenario y unos críos se pegaban empujones delante de una banda. Casi todos extranjeros, con el pelo largo, camisetas negras… Yo era mayor que ellos, pero tampoco mucho. ¿Te acuerdas de los incendios de 2008?
El bolígrafo de Manuel rodó hasta el borde del cuaderno. Lo detuvo con la palma.
—Sigue.
—Fue el año de mi primer ingreso. Llevaba días durmiendo poquísimo y todo me parecía una idea cojonuda. Eso lo sé porque me lo contaron después. Lo de aquella fiesta no me lo había contado nadie.
Antonio se inclinó hacia delante. En la mansión todavía había luces. Alguien había encendido una lámpara en una de las torres y, desde la calle, podía verse parte del techo de la habitación.
—Tuve la sensación de que iban a verme. No sé quiénes. Los que estuvieran dentro. Laura me tocó el brazo y me aparté tan deprisa que se asustó. Entonces salí corriendo.
—¿Adónde?
—Hacia el cruce. Ni siquiera le dije que viniera. La oía llamarme y seguí corriendo.
Manuel acercó un vaso de agua al borde de la mesa. Antonio bebió con las dos manos y dejó el vaso sobre su rodilla.
—Al doblar encontré otra casa quemada. La de la esquina, con una columna caída junto a la entrada. Esa sí sabía de dónde la recordaba: había salido en televisión. Me vi sentado en casa de mis padres, después del alta, mirando las noticias de los incendios. Mi madre cambió de canal. No sé si sospechaba algo o si simplemente no quería que viera esas cosas.
Se quedó un momento mirando el agua.
—Y allí, delante de la casa, me acordé de un bidón. Lo llevaba yo. Se me golpeaba contra la pierna al caminar y tenía la mano mojada. Hasta entonces había recordado sitios, gente, música. Pero ese bidón lo llevaba yo.
—¿Qué hiciste con él?
Antonio dejó el vaso sobre la mesa con tanto cuidado que el agua apenas se movió.
—Había una huelga. O hablábamos de una huelga, no lo tengo claro. En la fiesta subí al escenario y dije que teníamos que hacer algo, que mientras nosotros protestábamos los dueños de aquellas casas se reían de nosotros. Alguna gilipollez así. Me escuchaban, Manuel. Yo hablaba y aquellos críos me escuchaban.
Unos diez salieron con él. Recordaba una risa a su espalda, el tapón del bidón que no conseguía enroscar y a un muchacho quitándoselo de las manos para hacerlo. En una de las casas saltaron la verja; en otra encontraron una puerta abierta. Antonio se veía arrojando líquido sobre una cortina, pero no conseguía recordar quién había acercado el fuego.
—Cuando llegó Laura yo estaba parado delante de aquella columna. Me agarró del brazo y me preguntó si tenía que llamar a alguien. Le dije que me encontraba mal, que volviéramos al coche. Eso fue todo lo que pude decirle.
—¿Y después?
—Después intenté convencerme de que había mezclado cosas. La fiesta, las noticias, lo que me habían contado del ingreso. Pasé dos días diciéndome que no podía fiarme de lo que estaba viendo. Hasta que el sábado, haciendo unas chapuzas en casa, recordé lo del perro.
Manuel levantó los ojos.
Antonio empezó a girar la alianza. La piel que apareció debajo era más clara.
—Laura estaba conmigo cuando pasó todo aquello. Quiero decir, cuando volvimos al barrio. Yo iba a su lado, empezando a acordarme, y ella me hablaba de dónde podríamos poner la cocina si comprábamos una casa. Desde entonces me pregunta qué me pasa. Hasta me ha preguntado si quiero dejarla.
—¿Qué ocurrió con el perro?
—Es lo que no sé cómo contarle.
Manuel permaneció inmóvil. Antonio buscó en su cara alguna señal que le permitiera continuar.
—Ella tenía un caniche. Me lo ha contado muchas veces. Se lo mataron antes de que nos conociéramos. Durante años pensó que se había escapado, porque su padre no quiso decirle cómo lo habían encontrado. Luego acabó enterándose. Hay fotos del animal en casa de su madre.
El ruido de una moto subió desde la calle. Manuel esperó a que se alejara.
—¿Qué recuerdas tú?
—Que uno de los chicos lo llevaba cogido. No paraba de ladrar. Alguien dijo que hiciéramos un sacrificio y nos reímos. Yo también.
—¿Lo visteis salir de alguna casa?
—No lo sé.
—¿Llevaba collar?
Antonio dejó de mover la alianza.
—Rojo. Había una chapita. Es lo que recordé el sábado, estaba buscando una arandela en la caja de herramientas y me vino la imagen de la chapa entre los dedos. Tenía un nombre.
Manuel bajó la vista al cuaderno. No había escrito nada desde la mención de los incendios.
—Lennon —dijo Antonio—. Como el cantante.
Durante unos segundos solo se oyó el motor del aire acondicionado. Antonio se removió en el sillón.
—Le quité el collar para que no supieran de dónde lo habíamos sacado. Eso lo recuerdo. También recuerdo una barra y que el perro intentó morderme. Lo demás me viene a trozos, pero estaba allí. No puedo decir que no estaba.
Manuel apoyó ambos pies en el suelo.
—¿Laura sabe que participaste en los incendios?
—No sabe nada. Ese es el problema. La he escuchado llorar por ese perro. La he abrazado, le he dicho que hay gente que no merece vivir. Y se lo decía de verdad, Manuel. No estaba fingiendo.
Se le quebró la voz. Buscó un pañuelo en los bolsillos y Manuel le acercó la caja que tenía sobre la mesa.
—¿Cómo voy a explicarle que ahora me acuerdo? Va a pensar que lo sabía desde el principio. Que cada vez que me hablaba de él…
Se pasó el pañuelo por la boca.
—Tú entiendes que yo no lo sabía, ¿verdad?
Manuel miró el reloj situado detrás de Antonio. Faltaban doce minutos.
—Entiendo lo que me estás diciendo.
Antonio asintió varias veces, inclinado sobre sus rodillas, y continuó hablando de Laura, de las fotografías, de aquella tarde en que ella había tenido que salir de una película porque aparecía un perro herido. Manuel lo escuchaba con las manos entrelazadas. Cuando Antonio levantaba la vista, él procuraba mantener la suya.
Al terminar, concertaron otra cita para dos semanas después. Antonio sacó un billete de cincuenta, alisó una esquina doblada y lo dejó junto a la caja de pañuelos.
—Gracias, Manuel. No sabía a quién contárselo.
El psicólogo lo acompañó hasta la puerta. Aceptó su mano y esperó en el umbral mientras bajaba por la escalera. Antonio todavía se volvió para despedirse.
Manuel cerró. Permaneció con los dedos sobre el picaporte hasta que oyó abrirse la puerta de la calle.
Después fue al lavabo y se lavó las manos. El agua estaba fría. Se frotó entre los dedos, alrededor de las uñas, y al levantar la cabeza encontró en el espejo la misma expresión atenta con la que había despedido a Antonio.
Había sido él quien eligió el nombre. Su padre escuchaba a los Beatles los domingos, mientras arreglaba cosas en el garaje, y el cachorro se dormía junto a uno de los altavoces. Cuando su familia se mudó a un piso donde no admitían animales, Lennon se quedó en casa de Laura, dos calles más abajo. Manuel volvía a verlo los fines de semana; el perro reconocía su bicicleta antes de que alcanzara la verja y corría de un lado a otro hasta que lo dejaban entrar.
También había sido él quien llevó la fotografía de Lennon a las tiendas del barrio, en junio de 2008. En una salía demasiado pequeño y tuvieron que recortarla y ampliarla. Recordaba al empleado de la copistería preguntándole si quería diez ejemplares o veinte.
Cerró el grifo. No había cogido una toalla y el agua le caía desde las manos hasta el suelo.
Durante años había procurado recordar al perro junto al altavoz, dormido, con una oreja vuelta del revés. Ahora volvía a verlo donde lo encontraron. Antonio había dicho «una barra» y luego había seguido hablando de su matrimonio.
Manuel regresó al despacho, sacó un cigarrillo y abrió la ventana. Al intentar encenderlo, la llama se apagó dos veces. Imaginó a Antonio retenido por aquellos muchachos, buscando entre sus caras una que fuera a apiadarse de él. La imagen le produjo un alivio breve que quiso prolongar.
Sobre la mesa seguía el billete. Lo guardó en el cajón sin contar el resto del dinero y abrió la agenda para comprobar la siguiente consulta. Antes encontró el nombre que acababa de escribir: Antonio, martes, seis de la tarde.
Cogió el teléfono. Buscó el contacto de un colega y empezó un mensaje para preguntarle si podía hacerse cargo de un paciente. Escribió que había una implicación personal, que necesitaba explicárselo por teléfono. Leyó las dos líneas y dejó el pulgar sobre la flecha de envío.
Todavía quedaban cosas que Antonio no había contado.
Manuel borró el mensaje. Volvió a mirar la cita y soltó el teléfono sobre la mesa. Quería estar delante cuando las recordara.
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