El reguero de migas |
Un viaje por el espacio y el tiempo

La Ciudad de los Tullidos - Alejandro Salvador
La Ciudad de los tullidos - Alejandro Salvador

No quiero adoptar un tono de documentalista para caer en el año en el que esta historia empezó y contar cómo se vivían en esos años, eran finales de la década de 2010. No quiero contar cómo se vivía en esos años, y cómo nos las apañábamos los escritores noveles de entonces, buscando llamar la atención de las editoriales. Había un gran stablishment literario coptando la industria y lo que llegó con la irrupción de Internet, a ellos los pondría a temblar, y a casi todos nos pillaría con el pie cambiado.

Cerca de 2010, en aquel cambio de década, llegaron nuevas plataformas que ofrecían a los autores un espacio donde venderían su novela, asumiendo ellas las labores de logística. Los resultados no eran los más satisfactorios, las ediciones solían ser toscas, pero cubrían una demanda durmiente que había entonces: los escritores que nunca habían publicado, los descartados, los noveles, y todo aquel con una historia qué contar. Bajo esta modalidad emergieron muchos autores, y aunque la mayoría pasaron desapercibidos, abrieron el camino de la autopublicación y de la dimensión que esta modalidad alcanzaría en los próximos años.

En su día hice algunas pruebas dos de estas webs. Una de ellas fue Bubok donde trabajé un poco mejor mi perfil y subí la última versión de «La Ciudad de los Tullidos», del año 2012. Deposité ahí los archivos sin ninguna fe, dejé de visitar la plataforma y el tiempo fue pasando como una guadaña traicionera. Recuerdo que unos años después caí en que tenía esa copia subida allí, regresé a la página y me sorprendió que hubiera ventas, y más me sorprendió ver que, al haber regalado los ebooks en esa página, hubo cientos de descargas. Nunca le presté demasiada atención a este fenómeno, mantuve la descarga del ebook como gratuita, y las descargas se mantuvieron.

Sin embargo, hace unos meses, cuando estaba remodelando este sitio, quise reunir todas las entrevistas que había contestado durante estos años, para mostrarlas en una página y entonces me acodé de Bubok. Se suponía que iba a entrar y salir, copiar el enlace de la página e irme, pero, para mi sorpresa, encontré algo nuevo: un comentario. Se me ablandó la amígdala al leer que quien me escribía había leído la primera parte de la trilogía, y quería leer la segunda parte. Fue así como esa página perdida en una plataforma de autopublicación se transformó en un lazo de hermanamiento en el arte.

Desde el Mediterráneo, en Torrevieja, hasta Santiago de Chile, pasando por Bogotá. Porque quien me escribía no era solo un lector que había encontrado una novela olvidada en una esquina de Internet: era Alejandro Salvador, veintiocho años, chileno, dibujante, grafitero, hijo de una historia familiar atravesada por la violencia política y por la memoria de los detenidos desaparecidos durante la dictadura de Pinochet.

Alejandro me contó que se había autoidentificado como un tullido nada más terminar la novela. Que había buscado por cielo, mar y tierra
—virtualmente, que es como ahora se buscan también las obsesiones— cualquier información sobre mi novela y quién la había escrito. Me habló de su infancia en barrios duros de Santiago, de un padre lector que le recomendaba libros desde niño, aunque él no empezara a leer de verdad hasta mucho después. Me habló del dibujo, del hip hop, del graffiti, de esa forma de vida que para él tiene algo de religión civil, de levantamiento íntimo y colectivo. De una revolución de los pobres, de una manera de no resignarse.

También me dijo algo que me dejó pensando: que muchas veces se pone a dibujar después de leer un libro, ver una película, tener una conversación o recibir un golpe de emoción que necesita expulsar al mundo en forma de líneas. Que ese momento creativo no es solo una necesidad de expresarse, sino el instante en que se siente realmente humano. Hay frases que justifican por sí solas todos los años de silencio de un libro. Una certeza es que cuando escribes lo haces sin saber dónde caerán tus palabras; cualquier día puedes descubrir que esos cuentos han cruzado el océano para prender una chispa en alguien que pinta muros bajo otro cielo.

Alejandro fue Askito, en homenaje a un rapero colombiano llamado Askoman, y ahora firma como Horror en la City, o Horror en la Ciudad. Un nombre nacido de la historia de su familia, de las heridas que no cerraron, de los cuerpos que faltan, de esa memoria que en América Latina no pertenece solo a los libros de historia, sino también a las paredes, a las canciones, a las conversaciones familiares, a los trazos de quien todavía necesita decir: esto ocurrió, esto nos hizo, esto sigue aquí.

Y entonces entendí algo que quizá había estado delante de mí todo este tiempo. Que una novela subida sin demasiada fe a una web de autopublicación podía convertirse, años después, en una botella lanzada al mar. Que los libros, las canciones, los dibujos, los muros pintados y las historias no conocen del todo las fronteras que nosotros obedecemos. Viajan mal, viajan tarde, viajan por caminos torcidos, pero viajan. Cruzan mares, cordilleras, barrios, dictaduras, derrotas, acentos y generaciones.

Tal vez el arte sea precisamente eso: una forma de reconocernos entre desconocidos. Un hilo invisible que va de una ciudad mediterránea a una capital al otro lado del mundo; de una novela olvidada a un grafitero chileno; de una herida familiar a una página escrita muchos años antes; de un lector que busca la segunda parte a un autor que, de pronto, recuerda por qué escribió la primera. Y en ese cruce improbable, en ese puente levantado sin planos, la cultura hace su pequeño milagro: nos reúne donde la geografía nos separa, nos devuelve una lengua común y nos recuerda que ninguna historia termina del todo mientras alguien, en cualquier lugar del mundo, la lea y la haga suya.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *