Amaru - Jorge Salazar

Que el silencio puede mentir me lo dijo un borracho pelirrojo una tarde de lluvia en Toledo. Nos separaba una hilera de libros de lomo ancho, como una pequeña muralla de papel entre dos desconocidos. Aun así, aquella frase atravesó la distancia con la precisión de una aguja. Me quedé mirándolo unos segundos y, sin pensarlo demasiado, me senté a su lado.

Quería saber de dónde había salido esa frase. No recuerdo quién de los dos estaba más borracho. Sólo sé que jamás volveré a sentarme en la misma mesa con ese hombre.

La callejuela que sube hacia Zocodover estaba húmeda y oscura. Terminamos refugiados en un bar diminuto, de esos donde la madera de las paredes parece haber absorbido años de conversaciones ajenas.

El mendigo se sentó a mi izquierda. Cuando el camarero se acercó, pidió un whisky a mi cuenta, con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo confiando en la generosidad de los desconocidos. Yo pedí otro.

—¿Sabe? —dijo observando el vaso—. Hacía al menos cinco años que no me tomaba un whisky así. Lo normal es el cartón de vino… o lo que aparezca.

Encendió un cigarrillo con parsimonia. El camarero apareció de inmediato.

—Caballero, aquí no se puede fumar.

El borracho arrancó la punta encendida del cigarro y la guardó otra vez en su cajetilla de Marlboro, aplastada por el manoseo del tiempo.

—Maldita Ley Antitabaco… —murmuró.

Golpeó la brasa con la uña y la dejó caer al suelo. La chispa descendió lentamente, como un pequeño meteorito condenado por la gravedad. Su zapato la aplastó antes de que muriera del todo.

—Me llamo Ignacio Amaru —dijo entonces, levantando el vaso.

Chocamos nuestras copas. Aquel fue nuestro primer brindis.

Bebió un trago largo y me miró con unos ojos hinchados que, pese al alcohol, conservaban algo inquietantemente lúcido.

—Muchos escritores me dejan sus libros —dijo—. Conozco a varios. Sería un gusto leerte.

La frase me provocó una mezcla de orgullo y desconfianza. Me preguntó por mi novela.

El whisky me aflojó la lengua y le dije que trataba sobre la maquinación de un asesinato.

Ignacio frunció el ceño con una mueca de decepción, así que añadí algunos detalles más: dos desconocidos que se encuentran en un bar de La Mancha, un hombre rico que propone a otro matar a su esposa, un plan oscuro que termina devorando a todos los implicados.

Cuando terminé, Ignacio levantó su copa de nuevo.

—Buen argumento —dijo—. Ahora sólo queda comprobar qué tan bien habrás ejecutado.

Me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo sentir examinado, como si cada una de mis frases hubiera sido colocada bajo una lente.

Después abrió su zamarra. Durante un instante pensé que sacaría cualquier cosa. Pero lo que apareció fue una agenda.

La dejó sobre la barra. En la cubierta podía leerse el logotipo de Planeta.

—Repíteme el nombre de tu obra.

La pluma flotaba sobre una página amarillenta donde ya había varios nombres anotados.

Seis litros de sangre —dije.

—¿Y tu teléfono?

Se lo di.

Cerró la agenda y la guardó otra vez dentro de la zamarra.

Después me miró durante unos segundos en silencio. Un silencio espeso, cargado de algo que no supe interpretar.

—¿Eres un cazatalentos? —pregunté al fin.

Parpadeó.

—¿Cazatalentos de qué?

Lo dijo con una naturalidad tan limpia que me dejó desarmado.

La reacción me desestabilizó, sentí una asfixia ante su mirada críptica. Le estreché la mano con torpeza, abrí la puerta del bar y salí a la calle. La lluvia caía sobre Toledo como una fina capa de polvo húmedo. El abrigo necesario para volver al hotel y preguntarme por la naturaleza de lo que acababa de vivir.

Hay personas que uno encuentra una vez cada diez años. Aparecen sin aviso, dejan una grieta en la memoria y desaparecen. Ignacio Amaru era una de esas personas.

Hace un mes recibí un mensaje por correo. Era él. Me pidió una dirección para enviarme una carta.

La carta llegó. Algunos amigos insistieron en que la abriera. Otros estaban convencidos de que aquel hombre era simplemente un borracho, un gorrón con mucho cuento. O que yo imaginé demasiado…

No quiero salir esa duda. No voy a abrir la carta. Lleva semanas sobre una pila de libros. Sigue allí.

A veces la miro desde el otro lado de la habitación. Me pregunto qué habrá dentro.

Una oportunidad. Una burla. O quizá sólo una hoja en blanco. Por ahora prefiero no saberlo. Porque Ignacio Amaru me dijo algo aquella tarde que todavía resuena en mi cabeza: “Que el silencio también puede mentir”.