hipocresía clínica jorge salazar

Lennon

Antonio llegó tarde a la consulta. Era la tercera vez que su mujer lo arrastraba hasta allí y la tercera vez que tenía que soportar al psicólogo: un tipo joven, de sonrisa blanda, metido en unos pantalones demasiado estrechos y en un catálogo infinito de expresiones vacías como: “te entiendo”.

Antonio era alto, ancho de hombros, con una barriga que empezaba a desmentir su antiguo pasado de atleta. Se dejó caer en el sillón como un saco de patatas.

El psicólogo cerró la carpeta.

—Bueno, Antonio. Tu mujer dice que últimamente has tenido algunos cambios de comportamiento. ¿Quieres contarme qué está pasando?

Antonio movió las manos con nerviosismo.

—¿Sabe cuando uno recuerda algo que había olvidado por completo? Algo tan malo que la cabeza decide enterrarlo.

—Sí.

—Pues eso me ha pasado.

El psicólogo arqueó una ceja.

—¿Qué recordaste?

Antonio respiró hondo.

—El otro día caminaba con mi mujer por un barrio donde ella quiere comprar una casa. Un barrio caro. Yo no quería ir, pero dijo que había chalets abandonados y que quizá podríamos encontrar algo.

Hizo una pausa.

—Hacía años que no pisaba ese lugar. Y de repente me vino una imagen: una casa quemada. Las paredes negras, las ventanas vacías… como si alguien hubiera arrancado el alma de la casa.

El psicólogo tomó nota.

—¿Y qué ocurrió?

—Que seguimos caminando… y la vimos.

—¿La casa?

Antonio asintió.

—La misma.

Se inclinó hacia delante.

—Fue como si alguien hubiera abierto una puerta dentro de mi cabeza. Los recuerdos empezaron a salir uno detrás de otro.

Antonio cerró los ojos unos segundos.

—Seguimos caminando por la calle principal. Es larguísima. Rodea toda la urbanización. Y entonces vi las torres de una mansión.

Sonrió con incomodidad.

—Y recordé haber estado allí, ¡allí dentro!

El psicólogo levantó la mirada.

—¿Cuándo?

—Antes de que me diagnosticaran… Hace muchos años. En una fiesta. Había drogas, alcohol… mujeres. Yo estaba completamente fuera de mí.

Antonio se pasó la mano por la cara.

—Salí al balcón y vi en el jardín un concierto punk. Un montón de chavales extranjeros saltando en un pogo.

El recuerdo parecía incomodarlo.

—Y después… todo se volvió borroso.

El psicólogo lo observaba con atención.

—¿Qué ocurrió después?

Antonio tragó saliva.

—Por lo visto subí al escenario.

—¿Y?

—Les dije que saliéramos a quemar casas.

El psicólogo dejó de escribir.

—¿Quemar casas?

—Sí.

Antonio bajó la mirada.

—Había una huelga o algo así. O eso creíamos. Pero en realidad solo éramos un grupo de imbéciles colocados, dispuestos a cualquier idea de olla.

El silencio se instaló en la consulta.

—Unos diez chicos me siguieron —continuó Antonio—. Fuimos por la urbanización incendiando chalets vacíos.

El psicólogo tardó unos segundos en hablar.

—¿Estás seguro de que ese recuerdo es real?

—Cuando llegué a una esquina del barrio vi otra casa quemada.

Antonio levantó la vista.

—La misma que había salido en televisión en 2008.

—¿Qué pasó en 2008?

—Una oleada de incendios en ese barrio.

Antonio se quedó callado.

—Entonces lo entendí todo.

El psicólogo apoyó el bolígrafo.

—¿Qué entendiste?

Antonio habló casi en un susurro.

—Que yo había estado allí.

El silencio volvió a caer entre los dos.

—¿Y por qué no puedes contárselo a tu mujer? —preguntó finalmente el terapeuta.

Antonio tardó en responder.

—Porque esa noche murió alguien muy importante para ella.

El psicólogo frunció el ceño, una alarma parecía a punto de saltar.

—¿Quién?

Antonio bajó la mirada.

—Su perro.

La palabra quedó suspendida en el aire.

—Hicimos un sacrificio satánico con él —dijo Antonio—. Yo apenas lo recuerdo. Estaba en pleno episodio de manía.

Respiró hondo.

—Pero todo encaja.

El psicólogo no dijo nada.

Antonio continuó hablando.

—Ella nunca lo superó. Aquel perro era todo para ella cuando era niña.

Se quedó pensando un momento.

—Se llamaba Lennon.

El psicólogo parpadeó. Muy despacio.

—¿Lennon?

Antonio asintió.

—Sí. Un caniche.

El silencio fue largo.

Luego el psicólogo se levantó.

—Creo que por hoy es suficiente, Antonio.

Concertaron otra cita. Antonio sacó un billete de cincuenta euros y lo dejó sobre la mesa. Se dieron la mano con expresión contenida.

La puerta del despacho se cerró. Manuel permaneció inmóvil unos segundos. Después caminó hasta la ventana. Se llevó un Diazepam a la boca. Encendió un cigarrillo. Las manos le temblaban. Su perro había muerto de forma cruel, murió en junio de 2008. Lo encontraron atravesado por una lanza. La habían sacado por la boca. Después lo habían puesto a asar. Claro que fueron las cadenas de televisión a cubrirlo: 36 animales habían sido sacrificados en un caso que se achacó a sectas satánicas, dos semanas de programación veraniega que tapaban toda una huelga general. Manuel expulsó el humo lentamente. Dentro de dos semanas tendría que volver a verlo. Y tenía que sonreír.