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Jorge Salazar - Textos de Calidad

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Perro Apaleado

«Yo era un perro despechado. Me tenían atado a un palo con una cadena metálica. La jodida cadena me troceaba el pescuezo, pero, ¿qué podía hacer?»



Yo era un perro resentido. Me tenían atado a un palo con una cadena que me había pelado el cuello y se me pegaba a las heridas. La jodida cadena alcanzaba hasta un neumático lleno de agua sucia; más allá podía pasar lo que quisiera. Al principio ladraba cuando entraban ladrones, me lanzaba hacia ellos y acababa tosiendo, con las patas abiertas y el hierro tirándome del pescuezo. Después aprendí a quedarme dentro de la caseta. Oía cómo saltaban la tapia, cómo arrastraban piezas entre los coches, y apoyaba el hocico sobre las patas hasta que se marchaban. A la mañana siguiente aparecía el gordo del desguace y me molía a patadas por no avisar. Si pudiera hablar su idioma le habría dicho: «Ponte tú esta mierda y sal a perseguirlos». Pero apenas lo veía venir me arrastraba hacia el fondo de la caseta, aunque sabía que podía alcanzarme con la bota.

Meaba cerca de donde dormía y cagaba un poco más allá, hasta donde me dejaba llegar la cadena. En verano el olor subía de la tierra y las moscas se me juntaban en los ojos. Conocía los coches por lo que goteaba debajo: aceite espeso, gasolina, agua que dejaba manchas de colores. También conocía el ruido de los pasos del gordo y el golpe del recipiente donde me echaba la comida sin agacharse. No recordaba otro lugar. Llevaba tres años mirando aquellas carrocerías apiladas, una puerta roja que nunca terminaba de caerse y un trozo de cielo que al mediodía me obligaba a esconder la cabeza. Cuando alguien se acercaba, retrocedía; si se detenía fuera del alcance de la cadena, lo miraba hasta que se iba. A veces movía un poco la cola. Me daba rabia después.

Yo era una alarma barata que no gastaba ni luz. Comía unas croquetas duras cuando el hambre ya no me dejaba dormir, y cada vez comía menos. El gordo empujaba el recipiente con la punta de la bota: «A esta mierda de perro toca sacrificarlo. Es un inútil». Yo sabía lo que quería decir y empecé a esperar que se decidiera. A los perros no nos evangelizan. Nadie se sentaba junto a mi caseta a prometerme un sitio donde no hubiera cadenas, ni siquiera para que aguantara sin dar molestias. Por las noches buscaba una postura que no me abriera las heridas y pensaba en lo que había dicho el gordo. Antes me despertaba el olor de la carne que los trabajadores asaban detrás de la oficina; tiraba de la cadena hasta quedarme ronco. Ahora los oía discutir junto al fuego y procuraba volver a dormirme.

«Yo era una alarma barata que no gastaba ni luz.»

Una mañana el gordo se agachó a mi lado con unos alicates. Encogí la cabeza, pero me sujetó por el lomo y estuvo forcejeando con el cierre hasta que la cadena cayó al suelo. Di un paso, luego otro. Pasé junto al neumático y me volví para mirarlo. El gordo seguía allí, con el hierro en la mano, y yo me puse a dar vueltas a su alrededor, moviendo el rabo como un imbécil, rozándole el pantalón, a punto de lamerle los dedos. Me apartó con la rodilla y me puso otra correa, más corta. Después me subió a la parte de atrás de una furgoneta. Por fin, pensé. Me tumbé para no caerme en las curvas, pero por una abertura entraba un aire que olía a pan, a basura fresca, a otros perros. Acabé levantándome. Apoyé el hocico junto a la rendija y me quedé allí, con las patas temblando por el movimiento, hasta que apagó el motor.

Me llevó a una clínica veterinaria y le dijo a la doctora que quería sacrificarme. Lo oí perfectamente. Ella se agachó, observó mi cuello y preguntó cuánto tiempo llevaba así. El gordo dijo que yo tiraba mucho, que era un perro difícil, y volvió a preguntar por la inyección. Me daba miedo moverme y que se arrepintiera. La mujer me levantó un labio, me palpó el vientre y pasó los dedos alrededor de las heridas. Después dijo que era joven, que podían curarme y buscarme una familia si él no quería hacerse cargo. El gordo ya tenía dos billetes de cincuenta entre los dedos. «¿Y cuánto cuesta dejarlo?». Cuando ella respondió que nada, guardó el dinero y soltó la correa sobre la mesa. Firmó donde le señalaron y se fue antes de que yo terminara de entender qué habían acordado.

«¿Y cuánto cuesta dejarlo?»

Seguí mirando la puerta. La veterinaria levantó una mano y cerré los ojos, encogiendo el cuello todo lo que pude. Sentí los dedos entre las orejas. Se quedaron allí un momento, sin sujetarme, y después bajaron despacio por el lomo. Yo tenía las patas tan rígidas que me resbalaban sobre la mesa. La mano volvió a mi cabeza. Esperé. Oía a otro perro llorar detrás de una puerta, el teléfono, una rueda que chirriaba por el pasillo, y aquella mujer seguía pasando los dedos entre mi pelo. Cuando se apartó para coger algo, adelanté el hocico y le toqué la muñeca. Se volvió hacia mí. Esta vez no cerré los ojos.

Me limpió el cuello y me dejó en un recinto con una manta. Había un cuenco de agua y otro con las mismas puñeteras croquetas de siempre. Comí unas pocas, pendiente de sus zapatos al otro lado de la reja. Después bebí y volví a comer. Me terminé el cuenco. Esa noche me desperté varias veces; cada vez que cambiaba de postura esperaba el tirón de la cadena y tardaba un rato en volver a apoyar la cabeza. Al día siguiente, cuando la veterinaria abrió la puerta, me levanté antes de que me llamara.

Cuatro días después me recogió una familia. Todavía me aparto cuando alguien levanta el pie demasiado cerca y prefiero ver las manos de quien viene a tocarme, pero ya sé dónde guardan la comida y quién deja caer cosas debajo de la mesa. También he descubierto que esta gente recoge mis cacas. ¿Se lo pueden creer? Me esperan mientras termino, sacan una bolsita y se agachan a recoger mi mierda. La primera vez eché a andar deprisa, con la cola metida entre las patas, por si al incorporarse cambiaban de humor. Ahora los espero. Después seguimos paseando y, cuando encuentro un sitio que merece olerse, me detengo. La correa queda floja sobre la acera. Ahora puedo tomarme mi tiempo.

Jorge Salazar

Jorge Salazar

Escritor, periodista y redactor digital.

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