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Jorge Salazar - Textos de Calidad

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⏱ 2 min de lecturaCrónica Literaria

Amaru

«Que el silencio puede mentir, me dijo ese borracho pelirrojo de ojos henchidos y ropas sucias. Nos separaba una fila de libros de lomo gordo.»

Que el silencio puede mentir, me dijo ese borracho pelirrojo de ojos henchidos y ropas sucias. Nos separaba una fila de libros de lomo gordo en la barra de una taberna escondida en el Casco Antiguo de Toledo. Me impactó; me sentí de inmediato identificado con su derrota.

¿Sabe? Hacía al menos cinco años que no me tomaba un whisky así, lo recurrente es el cartón de vino barato, o de lo que se consiga por ahí. Es lo cómodo me dijo con una lucidez desconcertante.

¿Sabes? Muchos aspirantes a escritores me dejan sus libros manuscritos. De veras, conozco a docenas de ellos. Sería un gusto leerte añadió con mirada lisonjera, alzando su copa a mi izquierda.

Ignacio, el borracho, puso cara de decepción cuando dudé en contestar. Las comisuras de sus labios bajaron incomprensivas y su mirada titubeaba por el desconcierto. Me vi obligado a romper el hielo explicándole con paciencia la premisa de mi novela distópica.

El hombre volvió a alzar su copa, ya por la mitad.

Qué gran argumento dijo con los ojos encendidos. Ahora sólo queda comprobar con qué pulso lo has escrito.

«“Repíteme el nombre de tu obra, por favor”, dijo sujetando una pluma que volaba rasante sobre una hoja amarillenta de agenda antigua donde guardaba nombres y fechas que ya nadie recordaba.»

El travieso Ignacio Amaru no era un mendigo cualquiera: había sido un díscolo e implacable elemento de la industria editorial de Madrid durante las décadas doradas de los ochenta y noventa. Hastiado de la vida tóxica de los despachos y los cócteles literarios prefabricados, había huido al silencio pedregoso de Toledo para diluir su memoria en tabernas sin nombre.

Mucho tiempo después, recibí un mensaje a través de Amazon. Era el mismísimo Ignacio Amaru: me pedía mi dirección postal porque quería hacerme llegar una carta escrita de su puño y letra. Y la carta llegó: en sus renglones torcidos latía el agradecimiento sincero de un náufrago que, en mitad de su naufragio, se alegró de haber compartido barra con un autor que todavía creía en el peso de cada palabra.

Jorge Salazar

Jorge Salazar

Escritor, periodista y redactor digital.

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